Solía decir el extinto cantautor Facundo Cabral: “El hombre; nacer no pide, vivir no sabe y morir no quiere”. Y es que aunque tal vez no nos conozcamos personalmente, estimado lector, sé que tenemos al menos dos cosas en común: por un lado, un largo historial de pérdidas y, por otro, el deseo permanente de autorrealizarnos y de sentir que acertamos con nuestra vida. El imperativo ontológico de ser felices, es una tarea que puede implicar recorrer muchos caminos equivocados y que, finalmente, nos conduce a efectuarnos la pregunta por el sentido de la vida.

Dicha indagación por el significado de la propia existencia es un proceso tan dinámico e imprevisible como lo es la vida misma, es una labor de actualización nutricia de la percepción e interpretación de la realidad y del horizonte para vivir. Como indicó Viktor Frankl, tal sentido no se busca, se revela y se amplía a lo largo de la historia personal a través de las crisis y el dolor, pues no hay crecimiento sin sufrimiento. He aquí entonces una buena pregunta: desde la perspectiva de la muerte, ¿qué sentido cobra la vida misma? ¿Hay vida antes de la muerte? Y es que la muerte al acecho lo cambia todo y nos cambia a todos.

Cambia nuestro enfoque, nuestras seguridades y no deja nada igual, absolutamente nada; es implacable y, a la vez, tan eludible como posible es el abrazo de la Venus de Milo. Pese a su ancestral revestimiento religioso y folclórico, la muerte hoy sigue siendo percibida como forajida y villana, una amenaza nocturna. Un fenómeno que dejó de ser parte hace mucho rato de nuestro narcotizado y adormecido mundo contemporáneo, algo que sólo puede ser pensado hoy como un accidente de la naturaleza o un fracaso fortuito de la labor médica o tecnológica. Es una tragedia ineludible pero cognitivamente relegable, un atentado odioso a nuestra vida narcisista y egoísta.

Es, pues, la maldición incesante de un conteo regresivo que inició desde el momento de nuestro nacimiento y que preferimos soslayar al punto de llegar a olvidar, con bastardía, quiénes somos y para qué estamos aquí; desconocemos entonces que es la muerte misma quien forja, subrepticiamente y desde los tuétanos, nuestra verdadera identidad como humanos y como mexicanos, claro está.

Fue precisamente desde el tiempo de la postguerra cuando la humanidad decidió confinar la realidad de la muerte a los rincones pretéritos de los sanatorios y los hospitales, tras el macabro escenario conformado por el azote de la disentería y los millones de cadáveres esparcidos por toda Europa y Asia. Fue allí cuando empezamos a olvidar quiénes éramos. Levantamos el horizonte de nuestra mirada hacia un nuevo paraíso new age de reconciliación, amor y desenfreno, de autorrealización, sustancias, progreso y psicodelia. Empero, condenamos el recuerdo latente de la muerte al ostracismo. ¿Dónde quedó la experiencia decimonónica de la cotidiana convivencia con la muerte?

Reminiscencias de aquellos tiempos en que la esperanza de vida para un ciudadano promedio no excedía los 35 años. Ya no sentimos melancolía de cuando la otrora vida familiar era una fábrica muy temprana y febril de hijos y nietos, ¡porque el tiempo se agotaba! Convivíamos con la muerte como un fenómeno tan natural como la vida misma. Y es que fue cuando sacamos a la muerte de nuestro diccionario sentimental, cuando empezamos a perder mucho de lo que somos como humanos, cuando empezó a conformarse el imaginario colectivo de la muerte como una casualidad fatal e infecunda.

Hemos pasado ya la modernidad, el conductismo, el nadaísmo, el existencialismo, el comunismo, el hipismo, la postmodernidad, la globalización (y no sé qué otros menesteres), para arribar al desdichado descenso al materialismo, el pansexualismo, la tecnologización  y la ciberestupidez. Como aquel aguilucho que se creía pollo, nos hemos conformado con las migajas rastreras de una alegría sin personalidad, de una vida sin sentido.

Somos el pequeño lastre de una sociedad que se quedó sin identidad al condenar al exilio el fenómeno natural y espiritual de la muerte. Aquella verdad de a puño que nos recuerda siempre contingentes, mortales, finitos y temporales; que nos invita a llenar nuestra existencia de sueños, proyectos y sentido; porque al final todos vamos a morir.

Damos la vida por hecha y no nos detenemos a meditar acerca de esta realidad implacable: que la posibilidad de la muerte es inminente. Tal apremio, entonces, es una invitación insistente para que aprendamos a percibir nuestra realidad, nuestra historia, como la oportunidad constante de responder siempre a la altura de lo que la vida espera de nosotros, una cita emancipadora con nuestra auto actualización: un compromiso con nuestra propia felicidad.

Sin embargo, el cereal que a diario desayunamos de la inmediatez, del confort, de la felicidad sin esfuerzo, de la popularidad pasajera, del amor sin pasión, de la soledad de los acompañados, del poder sin escrúpulos, de la mentira del falso yo, de las metas mediocres y de las pancistas aspiraciones, han sido el caldo de cultivo desde donde han proliferado los habitantes del mundo de los muertos en vida, de la vida sin sentido y del miedo a vivir con intensidad. Residentes de un mundo que vive de espaldas a la muerte y que insiste en el imaginario colectivo en el que la muerte es el fin, el fracaso de nuestro deseo de seguir viviendo. Desconocedores del argumento budista de la continuidad de la vida basado en la verdad de la impermanencia. Un mundo zombi y enajenado que nos aleja de dicha verdad, un samsara que es alimentado por nuestra permanente depresión y ansiedad, por falsas esperanzas, sueños y ambiciones que prometen felicidad.

Es perentorio, entonces, que nos preguntemos, no el hecho de si hay vida después de la vida, sino, ¿habrá vida antes de la muerte? Y es que lograr existir implica tomar la vida y la muerte muy en serio y poder encontrar el equilibrado camino de una vida sencilla que nos lleve a un entendimiento depurado de nuestro estado de viajeros, con el tiempo suficiente para aprender a amar y para adquirir conocimiento en este mundo.

Nos cuesta entender que el dolor y el sufrimiento nos preparan para aprender de manera inusitada y, a la vez, nos gusta creer que la permanencia nos da protección y estabilidad, empero, la muerte termina por cortar de raíz nuestra falsa sensación de predictibilidad y de seguridad.

Por lo tanto, meditar, contemplar y comprender la muerte y la impermanencia de la vida, nos hace buscar la iluminación y la liberación para poder salir de este ciclo estéril mediante el auténtico despertar. Nos queda, así, la tarea imperante de la consecución de una respuesta presente y de una experiencia trascendente acerca de nuestra existencia, traducida en la ampliación de sentido y de referencia. Sólo así tendremos VIDA antes de la muerte.

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