La mayoría de religiones difunden a sus fieles, la esperanza de que la muerte no es el punto final de la frágil existencia humana. El Cristianismo, por ejemplo, propone que creer que  Jesús es el hijo que Dios envió y que resucito después de morir en la cruz, es la vía para alcanzar la vida eterna. Además este dogma cristiano también afirma la resurrección de los muertos, que significa, que Cristo regresará el último día para que  los justos se reúnan con él para vivir eternamente.

Otras religiones sostienen la inmortalidad del alma como un ente de la naturaleza espiritual  que sobrevive después de la muerte corporal y que puede advertirse a través de la conciencia del yo.
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Dentro de la cultura y religión hindú, el problema de la muerte se ha resuelto asumiendo la creencia de la reencarnación y la transmigración de las almas. Un alma universal y eterna, da origen y recibe en sus ciclos de muerte y reencarnación a las almas individuales.

Por muchos siglos, estas creencias permitieron enfrentar y aún vencer el temor instintivo que todo ser vivo tiene hacia la muerte. Las capacidades intelectuales superiores del ser humano, lo hacen especialmente vulnerable a ese acontecimiento, no solo del sufrimiento que precede al proceso de morir, sino del hecho de desaparecer,  dejar de ser, de no sentir, de perder sin remedio todo (posesiones de cosas, personas e ideas) lo que en su historia personal adquirió un significado profundo y de lo que sencillamente no acepta desprenderse.

Sin embargo a partir de que la modernidad, con su ciencia y racionalidad materialista, decretó que la muerte no solo de las religiones, sino de Dios mismo, los hombres se debaten entre la débil creencia  que tal vez exista algo que nos permita sobrevivir a la muerte y la angustia y la casi certeza de que esta vida es todo y que al fin de la vida, no hay nada más que esperar.

Se trata del problema universal y eterno del hombre en todas las épocas y culturas de su historia. Por ello, es un tema de actualidad permanente.

Quienes tienen sólidas creencias religiosas sobre la vida después de la vida, se enfrentan a la muerte con temor, pero también con aceptación y esperanza. Pero quienes carecen de la convicción firme que caracteriza a la fe, buscan explicaciones y alguna respuesta en la ciencia. Es así que a partir de las investigaciones de las experiencias de personas que estuvieron a punto de morir o que fueron declaradas clínicamente muertas, realizadas por el Dr. Raymond Moody  y publicadas en 1975 en su libro “Vida después de la vida” se ha incrementado el interés de otros científicos por el tema, dada la demanda de los lectores, venciendo paulatinamente la resistencia de la comunidad científica oficial que considera aún que ese tema es más propio de la religión, de la parapsicología o de la mística, más que de la ciencia positiva.

Este polémico estudio inicial del Dr. Moody,  se basó solo en los relatos de 150 pacientes, ha sido seguido por muchos estudios más realizados ya bajo diseños científicamente más robustos, con la metodología, el instrumental y el sofisticado equipo de tecnología de punta, habitual en las ciencias médicas experimentales. Este es el caso, de los proyectos que actualmente se desarrollan en los más importantes centros de investigación médica en EEUU, Canadá y Europa, en los que cardiólogos, neurólogos, fisiólogos, psicólogos experimentales, entre otros. Han recogido y analizado con rigor las evidencias empíricas de que existen fenómenos en la etapa cercana a la muerte de estados de conciencia (recuerdos de imágenes, sonidos y otras percepciones sensoriales) que no son congruentes con estado físico y neuronal de esos pacientes y que han sido denominados como “experiencias cercanas a la muerte” (ECM)

Además la epidemia mundial de enfermedades cardiovasculares y el avance de las  técnicas de resucitación y reanimación cardíaca, así, como de circulación extracorpórea y de inducción de estados de coma, han permito la acumulación de miles de casos de pacientes que  relatan experiencias extraordinarias que tuvieron es un estado de “muerte” clínica.

Pese a todo este avance, no  hay todavía conclusiones definitivas. Para los no religiosos que se aferran al deseo de no morir del todo, podría significar que es inminente el surgimiento de la prueba científica que tanto esperan y desean. Por otra parte, para los religiosos (sea cualquiera el nivel de solidez de sus creencias) es simplemente un dato más para fortalecer su ánimo frente la muerte y para dar ese paso hacia otra dimensión de la existencia, con serenidad, paz y sabiduría.

 

(Fragmento del artículo que se publica en NOVUS FUNERARIO Nº5, ya en circulación)

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